En la Cuerda Floja: Una mirada Social del Slackline
- Lina Vargas Vega Periodista invitada CSC
- 3 ago 2016
- 3 Min. de lectura
Popularmente esta expresión denota incertidumbre o inestabilidad, pero si se habla de Slackline su significado es completamente distinto.
Pies firmes, rodillas ligeramente flexionadas, brazos sin tensión, muñecas moviéndose suavemente, mirada fija en la meta, respiración pausada y la mente en un nivel de concentración capaz de difuminar tu alrededor, dejando solo una cinta de nylon y poliéster de cinco centímetros de ancho y el cuerpo en escena. Es así como las personas que practican Slackline se preparan para una caminata en la cuerda floja.

Como forma de entrenar y divertirse Adán Grosowsky y Jeff Ellington, escaladores estadounidenses de profesión, se dedicaron a practicar equilibrio sobre cuerdas flojas en estacionamientos y parques de California, es así como en los años ochenta se origina el Slackline, un deporte urbano que combina el control del cuerpo y la mente para que el que lo practique logre relajarse y meditar, tanto como lo haría en una sesión de Yoga.
La propagación y evolución de este ejercicio fue rápida, en poco tiempo cuerdas más largas o el doble de angostas, piruetas y acrobacias sobre la cinta y otras modalidades del Slackline ya eran dominadas por muchas personas alrededor del globo. A Colombia llego hace tan solo siete años, pero fue tiempo suficiente para convertirlo en tendencia entre adolescentes y adultos del país.

Con ayuda de la cinta floja jóvenes bogotanos han incursionado en la creación de circos urbanos que sin carpa ni taquilla juegan con telas, malabares y cuerdas acompañados de música. Para Felipe Garavito, cofundador del Circo Rap, ubicado en el barrio Cedritos, esta actividad urbana es la solución para muchos de sus problemas personales “Uno acá puede relajarse, olvidarse de todo, dejar de lado problemas, vicios… lo que tengas que afrontar”, también asegura que el Slackline fue el promotor de aquel proyecto que para muchos se convierte en plan de vida, como es el caso de Juan Pablo Cabrera quien lleva practicándolo un año y asegura “Para nosotros es un proyecto de vida… Vamos a intentar propagar este arte en la ciudad y no solo en la ciudad, en la sociedad”.
Sin duda el impacto de una actividad que beneficie mente y cuerpo es mayúsculo, inclusive en Bogotá hay academias dedicadas a la enseñanza del deporte y la filosofía tras él. Mario Venegas fundador de la Escuela de Slackline Bogotá esta profundamente interesado en enseñar a los bogotanos a tomar buenas decisiones a través de este deporte. “Empecé practicándolo como un pasatiempo y después se convirtió en mi estilo de vida, tuve una transformación personal, deje de ser tan impetuoso, empecé a relajarme, a hacer movimientos suaves y a tener ritmo y eso me garantiza a mi que tenga buenos procesos y por lo tanto buenos resultados. Una vez teniendo esta herramienta y logrando una transformación, decidí enseñarle equilibrio a Bogotá y a los bogotanos a tomar buenas decisiones con esta herramienta”, declara Mario.

En sus cinco años de enseñanza Mario ha logrado iniciar en el Slackline a más de 16 mil personas de todas las edades, provenientes de muchas partes del mundo y con diversos intereses y profesiones como cantantes, empresarios y actores. Llevar la banda de poliéster más allá de parques para impactar justo en la vida de muchas personas, es su misión.
Así como Mario trabaja por Bogotá, en muchos países hay personas que intentan un cambio social por este medio, porque sin importar cuántas modalidades existan, cuánto mida la cuerda, o qué tan elevada del suelo se encuentre; la filosofía del Slackline no cambia y expertos de todo el mundo aseguran ver reflejado el cambio en todos los días desde que su vida se encuentra en equilibrio.
Sin implicar alto riesgo físico, y al ser tan fácil de practicar, pues solo necesitas dos arboles o puntos fijos lo suficientemente fuertes, una cinta de nilón y poliéster, algunos protectores para la corteza del árbol y cuerdas, mucha concentración y relajación; el Slackline se convierte en tendencia entre los jóvenes que practican otros deportes urbanos, con el beneficio de sincronizar su actividad física con la mental, dando la posibilidad de un mejor manejo de conflictos en la cotidianidad.








































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