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Del parque al estadio: cómo el slackline sudamericano empieza a profesionalizarse

El estadio estaba hecho para el fútbol. Sesenta mil personas. Pantallas gigantes. Cabinas de transmisión. Luminarias de alto rendimiento. Graderías construidas para amplificar rugidos colectivos. Y, sin embargo, durante algunos días, el espectáculo ya no ocurrió sobre el césped.


Ocurrió en el vacío. Cuatro cintas suspendidas atravesaron el estadio Mario Alberto Kempes, en Córdoba, Argentina. Sobre ellas caminaron atletas provenientes de distintos lugares del mundo mientras drones sobrevolaban el espacio, jueces seguían las carreras desde las tribunas y cientos de personas intentaban entender cómo un deporte nacido entre árboles y montañas había terminado ocupando uno de los templos deportivos más importantes del continente.



Para muchos fue apenas una competencia.

Para otros, especialmente para quienes llevan más de una década construyendo comunidad en Latinoamérica, fue una señal mucho más profunda: el slackline y el highline sudamericanos dejaron de comportarse como una práctica marginal.

Comenzaron a pensar como estructura.


“Hace más de diez años soñábamos con usar el estadio de esta forma”, dice Gonzalo Caturelli, conocido dentro de la comunidad como “Catu”, uno de los impulsores de la Asociación de Slackline de Córdoba y una de las figuras detrás de la organización del evento. Tiene 30 años y habla con la mezcla extraña de quien todavía conserva fascinación por el deporte, pero ya piensa como gestor.

Eso no siempre ocurrió.


Su historia empezó como empiezan muchas historias dentro del highline: escalada, montaña y miedo. Mucho miedo. “Me llevó casi tres años animarme a pararme en un highline”, recuerda. Durante ese tiempo entrenó slackline en parques, entre árboles, como miles de practicantes alrededor del mundo. Después llegaron los longlines, el freestyle, las competencias internacionales y finalmente los proyectos de larga distancia que terminarían llevándolo a romper el récord nacional argentino de un kilómetro en Mendoza y posteriormente repetir la hazaña en Córdoba.

Pero el verdadero cambio no ocurrió cuando cruzó una línea de un kilómetro.

Ocurrió cuando entendió que el futuro del deporte dependía menos de los récords y más de las instituciones.

“Formalizar la comunidad era un desafío pendiente”, explica. “Es difícil que te presten un estadio siendo solamente una persona. Una asociación demuestra que hay una estructura detrás”.


La frase parece simple, pero contiene una de las tensiones históricas del slackline latinoamericano.

Durante años, gran parte de las comunidades crecieron desde la autogestión extrema: cintas compradas colectivamente, festivales financiados “a pulmón”, entrenamientos espontáneos en parques y atletas que aprendían unos de otros sin escuelas oficiales, sin apoyo institucional y muchas veces incluso sin reconocimiento deportivo.

Ese modelo permitió libertad.

También produjo fragilidad.


Comunidades que crecían rápido y desaparecían igual de rápido. Procesos que dependían exclusivamente de la energía de unas pocas personas. Eventos enormes sostenidos por agotamiento humano. Por eso el Kempes significó algo más que una competencia.

Fue una demostración de viabilidad.

No solamente deportiva.

Logística.

Política.

Institucional.

“En montaña todo se vuelve muchísimo más complejo”, explica Caturelli. “Tenés que pensar cómo cargar radios, cómo mantener comunicación, cómo mover gente de un lado a otro. En el estadio ya tienes electricidad, wifi, espacios para atletas, visibilidad, seguridad. Todo está diseñado para el deporte”.

Y quizás ahí aparece uno de los puntos más interesantes de esta nueva etapa del highline sudamericano: la profesionalización ya no se piensa únicamente desde el atleta.

Se piensa desde la infraestructura.


Desde la producción.

Desde la gestión de riesgos.

Desde la comunicación. Porque organizar una World Cup no consiste únicamente en montar cintas suspendidas. Consiste en coordinar atletas internacionales, jueces, transmisión, seguridad, instituciones públicas, patrocinadores, equipos técnicos y públicos que todavía no terminan de entender si están viendo un deporte extremo, una obra performática o ambas cosas al mismo tiempo.

“Si la gente solo lo ve como espectáculo, no alcanza”, dice Gonzalo.

Esa frase resuena especialmente fuerte en América Latina.

Aquí, el slackline todavía vive una paradoja: genera imágenes virales con enorme facilidad, pero sigue teniendo dificultades para convertir espectadores en practicantes.

Por eso muchas comunidades comenzaron a desplazarse hacia otro territorio.

La pedagogía.


En Bogotá, por ejemplo, procesos independientes han empezado a utilizar slackline con adultos mayores para prevención de caídas, con niños para fortalecer habilidades motrices y con instituciones educativas interesadas en desarrollar inteligencia kinestésico-corporal.

El deporte empieza lentamente a salir del nicho extremo.

Y en ese tránsito ocurre algo curioso: el parque vuelve a cobrar importancia.

Porque incluso mientras las competencias se profesionalizan, muchos atletas siguen encontrando el corazón del deporte lejos de los estadios.


Lejos de las cámaras.

Lejos de los livestreams.

“Cada vez que vuelvo al parque y hago longline otra vez, recuerdo por qué empecé”, dice Gonzalo. “El highline es una actividad más. No necesariamente el siguiente paso”.

La afirmación contradice una idea muy instalada dentro de algunas comunidades: que el highline representa la “evolución natural” del slackline.

Para Caturelli, no.


El parque sigue siendo territorio fundamental.

Ahí aparecen los niños caminando por primera vez. Las conversaciones largas entre amigos. La gente que jamás cruzará una línea a cientos de metros de altura. La práctica cotidiana. Y quizás también aparece algo más importante: el futuro.


“Nosotros tenemos 30 o 35 años”, dice. “Tiene que venir otra camada”.

Por eso la discusión ya no gira únicamente alrededor de atletas espectaculares cruzando líneas imposibles. La pregunta ahora es otra:

¿Cómo se construye una cultura alrededor del equilibrio?

La respuesta, al menos por ahora, parece estar ocurriendo simultáneamente en varios lugares de Sudamérica.


En parques. En escuelas. En asociaciones. En festivales independientes. En proyectos pedagógicos. En conversaciones pequeñas entre comunidades que hace apenas unos años ni siquiera tenían contacto entre sí. Y también, inesperadamente, en estadios de fútbol.

Porque quizás el momento más importante del highline latinoamericano no sea cuando alguien rompa un nuevo récord mundial. Quizás sea este. El instante exacto en que el deporte empieza a comprender que sobrevivir no depende solamente de llegar más alto.

Depende de construir suelo.

 
 
 

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