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Slackline: El arte del equilibrio en una Bogotá que busca su centro

Actualizado: 25 sept 2024


Imaginemos por un momento el bullicio de la ciudad, el tráfico, las calles llenas de vida y movimiento, y en medio de todo eso, una cinta tensada entre dos árboles en cada parque zonal, sobre la cual varias personas avanzan despacio, paso a paso.

Esa imagen, aparentemente simple, nos habla de algo mucho más profundo: la necesidad de encontrar equilibrio en un mundo que cada día parece más caótico. También simboliza la cultura del equilibrio que se ha formado en la ciudad de Bogotá a lo largo del tiempo.


Así es el slackline, un ejercicio físico y mental que ha hecho de Bogotá, el escenario perfecto para recordarnos que, a pesar de todo, siempre es posible recuperar el centro.


El Slackline: Una práctica que equilibra cuerpo, mente, espíritu y lenguaje.


Ahora bien, ¿Qué es exactamente el slackline? Se trata de una actividad en la que una cinta elástica se extiende entre dos puntos –generalmente árboles– y la persona debe caminar sobre ella, manteniendo el equilibrio.

Vale aclarar que esta actividad no se limita a una cuestión física, sino se trata de algo mucho más significativo. En esa cuerda, entre la tensión y el movimiento, se juega el equilibrio entre cuerpo, mente, espíritu y por qué no nombrarlo, lenguaje.


Para quienes lo practican, el slackline es una experiencia de concentración inigualable. En el momento en que uno se sube a la cuerda, el mundo alrededor desaparece. Los ruidos del tráfico, las preocupaciones diarias, todo se diluye en el acto de mantener el equilibrio.


Y es que, para lograr avanzar, es necesario estar completamente presente, en el aquí y en el ahora. Y este es quizás uno de los grandes regalos que ofrece esta actividad: la oportunidad de desconectar del bullicio externo y conectarse con uno mismo.


En Bogotá, una ciudad que no descansa, donde el ritmo de vida puede ser abrumador, encontrar momentos de paz interior es vital. El slackline se ha convertido, entonces, en una herramienta no solo para mantener la forma física, sino también para cultivar la calma y la resiliencia mental. En el acto de caminar sobre esa delgada línea, se refleja la búsqueda del equilibrio que tantos bogotanos persiguen en su día a día.


Bogotá y el reto de sus espacios verdes


Sin embargo, aquí es donde nos encontramos con una de las grandes preguntas: ¿qué tan preparada está Bogotá para acoger actividades como el slackline?


La ciudad cuenta con parques, sí, pero la realidad ambiental es más compleja. Bogotá enfrenta una creciente crisis en sus espacios verdes.


Si bien contamos con lugares como el Parque Simón Bolívar, el Parque de los Novios, o el Parque El Virrey, la verdad es que cada vez hay menos espacios adecuados para disfrutar de actividades recreativas al aire libre.


A esto se suma el problema de la contaminación. En muchas ocasiones, los altos niveles de contaminación del aire nos recuerdan que incluso al salir a buscar un respiro, podemos estar afectando nuestra salud. Entonces, surge la necesidad de repensar la ciudad: ¿cómo podemos promover actividades al aire libre, como el slackline, si nuestros espacios están deteriorados o no son seguros para la salud?


Los desafíos y las oportunidades


La práctica del slackline en Bogotá enfrenta varios retos, pero también abre una conversación importante sobre la manera en que vivimos y nos relacionamos con nuestra ciudad.


Este deporte requiere árboles fuertes, espacios amplios, y un ambiente limpio, factores que, hoy en día, son limitados en muchas zonas urbanas. Sin embargo, también representa una oportunidad para repensar nuestros espacios públicos y la forma en que los utilizamos.


Es aquí donde la administración pública juega un papel fundamental. Es necesario que Bogotá invierta en la reforestación de sus parques, que se creen zonas especialmente diseñadas para actividades recreativas no convencionales y, sobre todo, que se implementen políticas efectivas para reducir la contaminación ambiental. No podemos hablar de bienestar emocional si los espacios donde buscamos ese bienestar están deteriorados.


Además, sería maravilloso ver iniciativas que promuevan el slackline como una herramienta de salud mental y física. ¿Por qué no organizar talleres en los parques de la ciudad? ¿Por qué no incentivar a que más personas descubran los beneficios de esta práctica? En una sociedad que se mueve tan rápido, el slackline podría enseñarnos a avanzar, pero con equilibrio y calma.

El futuro del equilibrio en la ciudad


Al final del día, el slackline nos ofrece una metáfora preciosa sobre la vida en la ciudad: en medio del caos, es posible encontrar el centro. Pero para que esta práctica realmente florezca en Bogotá, necesitamos cuidar nuestros espacios, invertir en ellos, y entender que el bienestar físico y emocional están profundamente conectados con el entorno en el que vivimos.


Bogotá tiene todo el potencial para convertirse en un espacio donde actividades como el slackline no solo sean posibles, sino necesarias. Después de todo, todos buscamos equilibrio, tanto en la cuerda como en la vida, y el slackline nos enseña que, aunque el camino sea inestable, siempre podemos encontrar nuestro propio centro.

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